La Desviación Esotérica del Islam

Umar Ibrahim Vadillo


Parte 3. Las Reformas Religiosas


La reforma cristiana como la aceptación cristiana de la usura

La reforma germana (Lutero, Melanchton, Zwinglio (192), Bucer) bautizó el mundo moderno de las finanzas usureras. Ella presenció el estallido de la revuelta moderna contra la prohibición de la usura. Menos de tres décadas después que Lutero estuviera frente al joven emperador en Worms, se produjo un abandono masivo del mandato religioso contra la usura sobre la base de que era medieval y no moderna. Lutero pregonó que el hombre moderno no tenía la obligación de observar las ordenanzas muertas de la Ley Mosaica. En cuanto a los Evangelios, no pretendían reemplazar la ley civil o suplantar las autoridades existentes.

Los más destacados pensadores griegos y romanos se opusieron a este arreglo práctico de la cuestión y, primero que nadie, Aristóteles. Por vía metafísica, él declaró que el dinero es por naturaleza 'estéril', que el nacimiento de dinero a partir del dinero es en consecuencia 'antinatural' y por tanto que la toma de intereses debe censurarse y aborrecerse. Platón, Plutarco, los dos Cato, Cicerón, Séneca y varios otros líderes del pensamiento antiguo llegaron en gran medida a la misma conclusión.

Pero de mucho mayor importancia fue la corriente de influencia de los libros cristianos y judíos. Había en el Antiguo Testamento varios textos que condenaban la usura (significando el término usura cualquier toma de interés): la Ley de Moisés, si bien permitía la usura en el trato con los extranjeros, la prohibió en el trato entre judíos. En el Nuevo Testamento, en el Sermón del Monte, tal como aparece en San Lucas, estaba el texto: "Presten sin esperar nada a cambio". Desde los tiempos más antiguos del cristianismo, todo el peso de la comunidad se trajo como testimonio en contra de la toma de interés por el dinero. Los grandes padres de la iglesia oriental y entre ellos San Basilio, San Juan Crisóstomo y San Gregorio de Nisa, así como los padres de la iglesia occidental y entre ellos Tertuliano, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo eran firmemente uno solo en esta condena. San Basilio denuncia el interés sobre el dinero como un "monstruo fecundo" y dice: "La ley divina declara expresamente: 'No prestarás con usura a tu hermano o a tu vecino'". San Gregorio de Nisa invoca sobre aquel que presta dinero a interés la venganza del Todopoderoso. San Juan Crisóstomo dice: "¿Qué podría ser más irrazonable que sembrar sin tierra, sin lluvia y sin arado? Todos aquellos que se entregan a esta detestable cultura sólo cosecharán lágrimas. Cortemos estos partos monstruosos de oro y plata; paremos esta execrable fecundidad". Lactancio llamó a la toma de interés 'robo'. San Ambrosio lo declaró tan negativo como el asesinato. San Jerónimo lanzó el argumento en la forma de un dilema que fue usado como arma contra los prestamistas de dinero durante siglos. El Papa León el Grande declaró solemnemente que era un pecado merecedor de un severo castigo (194). Esta unanimidad de los padres de la iglesia provocó una cristalización de la hostilidad a los préstamos con interés en innumerables decretos de papas, concilios, reyes y asambleas legislativas a lo largo de la cristiandad durante más de quince siglos, y la ley canónica fue modelada de conformidad con todo ello. Al principio estas disposiciones estaban dirigidas en especial contra el clero, pero pronto las hallamos extendiéndose a los laicos. Estas prohibiciones se pusieron en vigor por el Concilio de Arles en el año 314 y un apologista moderno de la iglesia insiste en que toda gran asamblea de la iglesia, desde el Concilio de Elvira en el 306 hasta el de Viena en el año 1311 inclusive, condenó solemnemente el préstamo de dinero con interés. Los grandes gobernantes bajo la influencia de la iglesia -Justiniano en el Imperio Oriental, Carlomagno en el Imperio Occidental, Alfredo en Inglaterra, San Luis en Francia- se plegaron plenamente a este dogma. En el siglo noveno Alfredo llegó tan lejos como a confiscar los predios de los prestamistas de dinero negándoles el entierro en un lugar consagrado, y decretos similares se hicieron en otras partes de Europa. En el siglo XII la iglesia griega parece haber relajado en cierto grado su rigidez, pero la iglesia romana se hizo más severa. San Anselmo probó a partir de las Escrituras que la toma de intereses es un incumplimiento de los Diez Mandamientos. Pedro Lombardo, en sus 'Sentencias', hizo de la toma de intereses un puro y simple robo. San Bernardo, reviviendo el ahínco religioso en la iglesia, adoptó el mismo punto de vista. En 1179 el Tercer Concilio de Letrán decretó que los prestamistas de dinero impenitentes fueran excluidos del altar, de la absolución a la hora de la muerte y del entierro cristiano. El Papa Urbano III reiteró la declaración de que el pasaje en San Lucas prohibía tajantemente la toma de cualquier interés. El Papa Alejandro III declaró que la prohibición de la usura nunca podría suspenderse por medio de una dispensa.

En el siglo trece el Papa Gregorio IX asestó un golpe especialmente fuerte a los usureros por su declaración de que incluso el anticipo de dinero con interés en el comercio marítimo era usura condenable, lo que fue seguido muy de cerca por Gregorio X que prohibió el entierro cristiano a los culpables de esta práctica. El Concilio de Lyons estableció la misma pena. Esta idea fue aún más firmemente afianzada en el mundo por los dos más grandes pensadores de la época: primero, por Tomás de Aquino, que endosó este asunto a la conciencia de la iglesia por el uso de las Escrituras y de Aristóteles, y después por Dante, que representó a los prestamistas de dinero en una de las peores regiones del infierno.

Hacia principios del siglo catorce el 'Doctor Sutil' de la Edad Media, Duns Escoto, le dio al mundo una exquisita pieza de razonamiento para evadir la doctrina aceptada contra la usura, aunque sin resultado alguno: el Concilio de Viena, presidido por el Papa Clemente V, declaró que si alguien "presumiere pertinazmente en afirmar que la toma de intereses por el dinero no es un pecado, decretamos con respecto a él que es un hereje y merecedor de castigo". Esta declaración infalible fijó el dogma con fuerza adicional en la conciencia de la iglesia.

Tampoco se trató de una doctrina que sólo fuera hecha cumplir por los gobernantes; la gente no fue menos enérgica. En 1930 las autoridades de la ciudad de Londres decretaron que "si alguna persona prestara o pusiera en manos de cualquier persona oro o plata para recibir de ese modo una ganancia, dicha persona tendrá el castigo de los usureros". Y en el mismo año los Comunes le suplicaron al rey que las leyes de Londres contra la usura tuvieran la fuerza de estatutos en todo el reino.

En el siglo XV el concilio de la iglesia en Salzburgo excluyó de la comunión y del entierro a cualquiera que tomara intereses por el dinero y ésta fue una regla muy general en toda Alemania.

Algunas veces se hizo, sin duda, una excepción: algunos canonistas sostuvieron que se podría permitir a los judíos que acepten interés ya que de todas maneras habrían de ser maldecidos y su monopolio del préstamo de dinero podría evitar que los cristianos pierdan sus almas dedicándose a ese negocio. Y sin embargo incluso los judíos fueron de tiempo en tiempo castigados por el crimen de la usura y, con respecto a los cristianos, se otorgaba el castigo tanto a los muertos como a los vivos, desenterrando y arrojando los cuerpos de los prestamistas muertos aquí y allí fuera de sus tumbas.

Los oradores populares constantemente declamaron en contra de todos los que recibían intereses. Los anecdotarios medievales para uso del púlpito son especialmente abundantes en este punto. Jacques de Vitry nos narra que en una ocasión los demonios llenaron la boca de un prestamista muerto con monedas al rojo vivo; Cesarius de Heisterbach declaró que un sapo fue encontrado atravesando una moneda en el corazón de un usurero; en otro caso, se vio a un demonio vertiendo oro derretido sobre la garganta de un prestamista muerto. Esta hostilidad teológica a la toma de intereses fue firmemente insertada en la ley canónica. Una y otra vez dicha ley definió la usura como la aceptación de cualquier cosa de un valor superior al monto original exacto del préstamo y bajo la sanción de la iglesia denunció esto como un crimen y declaró a todas las personas que defendían la usura como culpables de herejía. Lo que esto significaba el mundo lo sabe demasiado bien.

Esta política fue una parte consecuente de la civilización europea. El dinero sólo podía prestarse en la mayoría de los países bajo el riesgo de incurrir en el odio en este mundo y en la condena en el siguiente. En aquellos días los bancos aún no habían generalizado la práctica de prestar sustitutos de dinero y eso significaba que las tasas de interés se volvían enormes, tan altas como cuarenta por ciento en Inglaterra y diez por ciento al mes en Italia y España. Los comercios, las manufacturas y las empresas en general empequeñecían mientras que la indigencia florecía.

Algunos historiadores cristianos han sostenido que los judíos fueron empujados fuera de todas las demás industrias o profesiones por la teoría de que su raza, estando maldita, sólo eran dignos de la aborrecida profesión del préstamo de dinero hacia el que, de esta manera, se les forzó. Por supuesto, esto es inaceptable, como queda claramente probado por su dominio en esta industria en los tiempos actuales donde no están bajo compulsión alguna.

La llegada de la banca cambiaría la naturaleza de la usura y todos los acontecimientos por venir estarían afectados o dirigidos por esta institución. Los bancos se las arreglaron para prestar sustitutos del dinero, por lo que pudo prestarse una cantidad de dinero superior al que se mantenía en depósito. Eso significó ante todo tasas de interés más bajas, a medida que se descubrieron las 'virtudes' del abastecimiento de dinero y la inflación. Los cambios fueron tan manifiestos, particularmente cuando el comercio empezó a reactivarse en el siglo quince por toda Europa, que se lanzaron los esfuerzos más serios para inducir a la iglesia a que cambiara su posición y permitiera que los cristianos se 'beneficiaran' de la nueva usura.

El primer esfuerzo importante de este tipo lo hizo John Gerson. Su saber general le hizo Rector de la Universidad de París; su conocimiento religioso le hizo orador principal en el Concilio de Constanza; su piedad llevó a que los hombres le atribuyeran "la Imitación de Cristo". Sacudiendo los grilletes teológicos, declaró: "Mejor prestar dinero a un interés razonable, y así dar auxilio a los pobres, que verlos reducidos por la pobreza a robar, gastar sus bienes y vender a bajo precio sus posesiones personales e inmobiliarias" (194).

Pero esta idea en seguida fue sepultada bajo citas de las Escrituras, los padres, los concilios, los papas y el derecho canónico. Incluso en los países más activos los usureros no tenían esperanza. En Inglaterra, bajo Enrique VII, el Cardenal Morton, canciller principal, se dirigió al parlamento para pedirle que tomara en consideración los préstamos de dinero a interés. El resultado fue una ley que imponía a los prestamistas a interés una multa de cien libras además de la anulación del préstamo.

Leyes similares fueron dadas por las autoridades civiles en varias partes de Europa, y justo cuando la industria, el comercio y las manufacturas de la época moderna habían recibido un impulso inmenso de parte de las grandes series de viajes de descubrimiento realizados por hombres tales como Colón, Vasco da Gama, Magallanes y los Cabot, la barrera contra la usura fue fortalecida por un decreto del Papa León X.

El sentir popular garantizaba tales decretos. Incluso en fecha tan tardía como a fines de la Edad Media encontramos a la gente de Piacenza arrastrando el cuerpo de un prestamista de dinero fuera de su tumba en un lugar consagrado y arrojarlo en el río Po, a fin de detener un prolongado temporal, y brotes del mismo espíritu fueron frecuent5es en otros países. Se intentó otro modo de obtener un alivio. Teólogos sutiles concibieron evasiones de distintos tipos. Dos de estos inventos de letrados consiguieron mucha notoriedad.

El primero fue la doctrina del 'damnum emergens': si un prestamista sufría pérdidas por la falta de un deudor en pagar el préstamo a una fecha determinada, entonces podría darse una compensación. De modo que si la fecha nominal de pago se hacía seguir rápidamente a la fecha del préstamo, la compensación por el retraso anticipado en el pago tenía un muy fuerte parecido al interés. Igualmente convincente fue la doctrina del 'lucrum cessans': si un hombre, a fin de prestar dinero, se veía obligado a disminuir sus ingresos provenientes de negocios productivos, se decía que a cambio podría recibir, de modo adicional a su dinero, un monto exactamente igual a esta disminución en su ingreso. Pero tales evasiones fueron vistas con poco favor por la gran mayoría de los teólogos, y el nombre de Santo Tomás de Aquino se citaba victoriosamente contra ellos.

La prohibición de la usura ocupó otra posición con la llegada del protestantismo a Europa. Los acontecimientos políticos que rodearon la reforma crearon un profundo cambio en la ley. En Inglaterra, bajo Enrique VIII, se permitió el interés a una tasa fija. El desarrollo posterior del protestantismo inglés hizo de este asunto un tema clave. Las amenazas de la condena en la otra vida tuvieron poca influencia sobre Elizabeth y sus hombres de estado; poco les importó el que pudieran tomar parte en ello. Restablecieron la práctica del cobro de intereses bajo restricciones, lo que, de varias maneras, ha permanecido en efecto en Inglaterra desde entonces. Lo más notable en esta fase de la evolución de la doctrina científica en la economía política en dicho período fue el surgimiento de una diferencia aceptada entre 'usura' e 'interés'. Entre estas dos palabras, que durante tanto tiempo habían sido sinónimas, aparece ahora una distinción: la primera palabra se construye para que signifique 'interés opresivo' y la otra 'tasas de interés justas' por el uso del dinero. Esta idea pasó gradualmente a la mentalidad popular de los países protestantes y los textos escriturarios no presentaron más dificultad a la gente en general, al surgir una creencia generalizada que la palabra 'usura', tal como era empleada en la escritura, siempre había significado un interés exorbitante, y esto a pesar de la parábola de los talentos.

Los cuáqueros

No podemos acabar esta sección sin mencionar a los cuáqueros. Su posición sobre la usura es particularmente significativa. Los cuáqueros insistieron en la observancia de la Ley, el código de fe y la práctica permitida por la tradición pero hicieron una clara excepción en el asunto de la usura y la banca. Su contribución a la banca en Gran Bretaña es bastante impresionante:

"Entre otros cuáqueros conectados con la industria del hierro y el acero estaba la familia Lloyd, pero este nombre es mucho más conocido en la actualidad en relación con la banca. Ésta es otra empresa comercial en la que los cuáqueros estaban estrechamente involucrados. Había cuáqueros banqueros incluso en la última parte del siglo XVII, y extendieron sus actividades cuando se involucraron en la industria durante el siglo XVIII. Los nombres más conocidos son Lloyd, Barclay y Gurney (la familia en Norwich de Elizabeth Fry). Los primeros dos nombres permanecen en la actualidad en la banca, pero ya no hay una conexión cuáquera". (195)

Parte 3. Las Reformas Religiosas.
(Dividido en 4 partes para facilitar la lectura)