La Desviación Esotérica del Islam

Umar Ibrahim Vadillo


Parte 2. El Fenómeno Esotérico


Tolerancia y compulsión

La gente puede creer en la tolerancia o la compulsión por razones del todo diferentes: políticas o religiosas.

Pueden sostener que la unidad del estado político debe obtenerse a cualquier costo y por lo tanto el asunto de la religión se margina (no deberían imponerse las creencias propias sobre los demás) y se tolera en su pluralidad y variedad. Otros creen que la unidad de creencia en la Verdadera Religión debe obtenerse a cualquier costo y que el asunto de las instituciones políticas debe ser sometido (no deberían gravar con impuestos a la gente) y tolerado en su pluralidad y variedad.

En el primer caso un estado reina sobre todas las religiones y trata de subyugar y rescribir sus creencias de conformidad con los dictados del estado. En el segundo caso la Verdadera Religión se impone sobre todas las instituciones políticas y trata de subyugar y reescribir sus leyes de acuerdo a los dictados de la Verdadera Religión.

El primer grupo dice que los impuestos son sagrados y no quiere que las creencias religiosas interfieran; el segundo dice que las creencias son sagradas y no quiere que las necesidades del estado (como los impuestos) interfieran. La primera gente dice "no te obligaremos a seguir ninguna creencia (seremos tolerantes) porque eso es inmoral", en tanto pagues tus impuestos. El segundo grupo dice no te obligaremos a pagar ningún impuesto porque eso es inmoral en tanto creas.

Los estatistas creen, en consecuencia, que no tolerarán a aquellos que no paguen impuestos al estado y no acepten su voluntad. Su compulsión no se ve como compulsión porque dicen que esta compulsión es 'la voluntad de Dios' (derecho divino cristiano) o 'la voluntad de la gente' (democracia representativa).

Resulta innecesario decir que los estatistas se ven a si mismos como los campeones de la libertad, la tolerancia y la justicia, y ven a todos los demás que los niegan como la encarnación de todos los vicios: opresión, intolerancia, injusticia y demás, pero esto sólo significa que su sistema de valores, como su moneda, está desacreditado. Con la aceptación implícita de la doctrina estatista como algo sine qua non, su sistema de valores ya no es más creíble. No resulta concebible por más tiempo evaluar la realidad sobre la premisa de que el estado democrático pluralista es el garante incuestionable de todas las virtudes. Ya no es sostenible por más tiempo que el estado descansa en el consentimiento general y que la sociedad es armoniosa sólo a causa del estado, cuando en realidad el estado es un instrumento de coerción en el que una élite capitalista inclina legalmente la voluntad de los demás para su propia conveniencia. Ésta es la creencia implícita claramente enfatizada por los estatistas que justifican el ejercicio del poder político por parte de grupos en yuxtaposición a la primacía de la libertad del individuo bajo la bandera de la lealtad monista al estado. Lo que llaman 'libertad individual' se limita a aquellos campos privados que no desafían la autoridad y el poder del estado.

La emancipación de la usura y los judíos.

Los años que siguieron a la Revolución Francesa trajeron un renovado debate sobre la emancipación de los judíos. El Conde de Clermont Tonerre, un diputado de la nobleza de París, argumentando a favor de una interpretación inclusiva de la declaración de derechos, rechazó cualquier estatus legal de diferencia o separación para las comunidades judías. A su modo de ver, los judíos eran ciudadanos en tanto individuos, no como miembros de grupos étnicos o sociales diferentes. La cuestión de la aceptación de los judíos como ciudadanos estaba relacionada con la cuestión de la usura:

"Señores, . Todo credo sólo tiene un examen que pasar en relación al cuerpo social: sólo tiene un examen al que someterse y es su moral. Aquí es donde los adversarios de los judíos me atacan. Esta gente, según dicen, no es sociable. Se les ordena prestar a tasas de intereses usureras; no pueden unirse a nosotros ni por matrimonio ni por los lazos del intercambio social; nuestra comida les está prohibida; nuestras mesas les están prohibidas; nuestros ejércitos nunca tendrán judíos sirviendo en defensa de la patria. El peor de estos reproches es injusto; los demás sólo son especiosos. La usura no está ordenada por sus leyes; los préstamos con interés están prohibidos entre ellos y permitidos con los extranjeros .

Esta usura tan injustamente censurada es el efecto de nuestras propias leyes. Hombres que no tienen nada excepto dinero sólo pueden trabajar con dinero; ése es el mal. Déjenles tener una tierra y un país y no harán más préstamos; ése es el remedio".

El Conde de Clermont estaba equivocado con respecto al remedio, como lo ha probado la historia, pero mostró la naturaleza de la oposición a los judíos en Francia y en Europa en general. La respuesta de abate Jean Siffrein Maury fue muy significativa:

"En Alsacia, ellos [los judíos] tenían 12 millones en hipotecas sobre la tierra. En un mes se harían propietarios de la mitad de esta provincia; en diez años, la habrían conquistado enteramente, de modo que ya no sería más que una colonia judía. La gente siente hacia los judíos un odio que no puede dejar de estallar a causa de este engrandecimiento. Por su propia seguridad, pongamos sobre al mesa este asunto. Ellos no deberían ser perseguidos: son hombres, son nuestros hermanos. ¡La maldición sea con quien quiera que hable de intolerancia! Nadie puede ser perturbado por su opinión religiosa. Vosotros habéis reconocido esto y a partir de aquel momento habéis asegurado a los judíos la protección más amplia. Dejemos en consecuencia que sean protegidos como individuos y no como franceses, ya que no pueden ser ciudadanos".

Un día luego, el caso de los judíos fue discutido nuevamente:

"Debe convenirse en que en sí mismas las regulaciones, en virtud de las cuales los judíos son tolerados en Alsacia, no les presentan otro medio de ganarse la vida ni otra industria que la del comercio de dinero. Su existencia actual puede considerarse una gran desgracia para esta provincia y uno de los abusos que más urge remediar de un modo eficaz, como acusa mi lista de quejas. De esta primera explicación se sigue que los judíos de Alsacia, habiendo arruinado a muchos terratenientes y agricultores por una acumulación de préstamos e intereses y permaneciendo todavía en este momento como acreedores de enormes sumas para el gran número de ciudadanos en Alsacia son desafortunadamente considerados por la gente como enemigos naturales con respecto a los cuales la violencia está permitida".

Edmund Burke también contribuyó a la cuestión de los judíos en términos similares en sus Reflexiones :

"La siguiente generación de la nobleza tendrá un parecido a los artesanos y los payasos, y a los acaparadores de dinero, los usureros y los judíos, que siempre serán sus socios, algunas veces sus dueños". (182)

La tolerancia como totalitarismo

El argumento que se nos presenta hoy en día es que la legalidad cambiante es anterior a los verdaderos valores éticos. Ya no se considera más a Allah como una referencia. Éste es el trasfondo de la tolerancia. El creyente tiene que adaptarse o se vuelve automáticamente intolerante. Por ejemplo, si el adulterio es aceptable y normal, entonces aquellos de nosotros que creen en Allah y Su Mensajero se vuelven antisociales de conducta desviada. Si sostienes tu caso en referencia a tu religión te vuelves un excéntrico.

Más aún, los filósofos tolerantes de hoy en día, en su audaz arrogancia, harán que enseñes a tus hijos que lo que ellos dicen es normal y que cualquier visión religiosa opuesta es intolerante. Y te forzarán con el poder de un 'código legal tolerante' a educar a tus hijos en los métodos y modos que el estado considera apropiados. Esto está ocurriendo ahora. Esto lleva a la idea del control de la mente de las masas más allá de cualquier fantasía orwelliana. Las atroces consecuencias de esta forma de ver las cosas no son más que puro totalitarismo de la peor clase.

La tolerancia y la libertad de religión se han convertido en el tema clave de los reformadores religiosos islámicos. Este tema, en el lenguaje de los reformadores y los esotéricos desviados en el Islam, es consecuente con el uso y la cita y malinterpretación constante del ayat abrogada (2, 55): "No hay compulsión en el Din". Cuando lees este pasaje sin el comentario apropiado que declara su abrogación legal puedes estar seguro que estás en manos de los reformadores tolerantes que han creado el moderno e intolerante fundamentalismo islámico. En la Ley, esta ayat está abrogada por el Ayat as-Sayf. De otro modo, el ayat se refiere sólo a los 'dhimmis' no musulmanes que, habiendo pagado un impuesto de protección al gobierno islámico, no pueden ser coaccionados, mientras que los demás deben serlo.

La tolerancia es sinónimo del estado totalitario. El Mensajero de Allah, sallallahu 'alaihi wa sallam, eliminó el poder ficticio de los sacerdotes y el César, esto es, la iglesia y el estado. Pero nuestros reformadores se las arreglaron para llevarnos de nuevo al tiempo del César el día en que aceptaron la filosofía de los derechos humanos en sus nacientes constituciones. Los reformadores se las arreglaron para convencer a los musulmanes que sus intereses eran los mismos que los intereses del estado, que ambos intereses se habían fusionado de un modo tal que los musulmanes no necesitaban tener ninguna presunta sospecha fundamental hacia el estado. El gran logro del Tanzimat fue el crear una nación otomana en la que los ciudadanos se beneficiarían de idénticos derechos civiles, conferidos automáticamente con la ciudadanía e independientes de una afiliación religiosa. Esto fue el equivalente a decir, en el lenguaje de hoy en día, que el Islam será tolerado. El estado sobrevive junto con sus ciudadanos y esto es lo que ellos aceptan. Las religiones no pueden provocar las disputas religiosas 'innecesarias' que trastocan la recolección de impuestos de los ciudadanos. Las distinciones religiosas son mala economía para el estado. Las religiones deben tolerarse unas a otras para el funcionamiento óptimo del estado. En este contexto el Islam está acabado, la libertad está acabada y la verdadera ortodoxia se convierte en una exclusividad del estado. Esto gracias a la tolerancia y al mito irónicamente llamado 'libertad de religión'.

Resulta innecesario decir que lo que ellos llaman libertad de religión no es libertad de religión sino una teoría del control de la religión que tiene el único propósito de promover y proteger el estado. La libertad de religión y la tolerancia son valores estatales. Toman o dan valor o validez a cualquier cosa en relación a un centro dominante que es el estado incuestionable. Sólo el estado tiene el privilegio de juzgar y censurar cuándo estás rompiendo el mito de la libertad de religión o la tolerancia que él mismo ha establecido. Afirmar que eres musulmán, particularmente la insistencia de querer aplicar las Leyes de Allah, se considera automáticamente ser intolerante (piensen por un momento sobre la prohibición de la usura). Cuando el estado se convierte en el encargado de la religión -una aspiración que no puede resistir- entonces una expresión tal como la de querer aplicar la Ley se vuelve desviada a los ojos del estado.

La tolerancia como instrumento del estado es más práctica que la persecución de la religión. La persecución es complicada y normalmente termina como una batalla perdida. Tomar la religión en las manos del estado es un método bastante más barato de controlarla. El método que ya descubrieron los césares consistía en pagar a un clero. Los sacerdotes pagados por el estado garantizan la preservación del estado, no sólo a causa de su dependencia económica del patrón, sino porque tienen que convalidar indirectamente la recolección de impuestos por parte del estado así como sancionar la necesaria violencia en que se incurre para su recolección. Por otra parte, cuando el estado no paga los salarios entonces la religión es 'libre' de pagar a los suyos. Ésta es la actitud del estado secular, opuesta a la actitud del estado religioso, pero de hecho ambas actitudes son lo mismo en la medida en que se preserva el estado. La religión libre al interior del estado sigue todavía vinculada por los parámetros y estructuras legales que decretan que la opinión religiosa no puede tener expresión en la vida política. Esta frase, que se considera tolerante, es igual a decir que la religión no tiene nada que ver con los asuntos políticos del estado. Esto pone en perspectiva lo que significa últimamente la 'libertad de religión'.

El resultado final de esta tendencia es un modo de definir la religión como todo lo que no es controversial con las demás religiones o el estado. El tipo de creencias comunes que se filtran con la tolerancia son por su naturaleza esotéricas. Y ésta es la razón de que podamos afirmar que el esoterismo es el producto del estado y el capitalismo. El esoterismo no es el resultado de algún tipo de meditación genial sobre las religiones por parte de inspirados santos, sino más bien lo contrario. Es el producto de la condición política pertinente a la supervivencia del estado y la renuncia de la religión.

La formulación final de la sumisión al estado ocurre cuando la religión en sí misma adopta los ideales estatales tales como la tolerancia y los derechos humanos. La rendición política y legal absoluta de la religión al estado la constituyen los así llamados derechos humanos islámicos, algo tan completamente absurdo como hablar de ateísmo islámico. "Islam es tolerante/Islam es intolerante" son por igual afirmaciones que convalidan la naturaleza absoluta del estado. Los reformadores, al tratar de defender la 'relevancia del Islam', han afirmado con retórica agonizante que el Islam es verdaderamente tolerante. Han fallado en comprender que ese discurso, ya sea que lo afirmes o lo niegues, es parte de un juego dialéctico que suprime la religión. Los derechos humanos islámicos deben ser entendidos como pertenecientes a la misma clase de proceso que produce la idea de bancos islámicos.

La religión que queda luego de que se ha aplicado la tolerancia es de gran ayuda al estado. La religión tiene un propósito, sí: defender y promover los objetivos del estado. Pero como utensilio del estado, la religión debe ser hecha y forjada de acuerdo a las necesidades del estado. Ella proporciona al estado ciudadanos cumplidores de la ley que ven como causa de su miseria la falta de moralidad puritana. Esta moralidad es aplastante cuando se trata del comportamiento sexual pero es increíblemente moderada cuando se trata de juzgar al estado o los bancos. Estos seguidores religiosos puritanos pueden ser fácilmente conducidos al redil del ganado. Incluso sus expresiones intolerantes, o su fundamentalismo (tal como se categoriza usualmente al mismo) pueden contenerse fácilmente y puede hacérseles pedazos periódicamente, porque se les atrapa dentro de una dialéctica que nunca cuestiona o desafía los fundamentos del estado. Todo a lo que esta gente podría posiblemente aspirar en su radicalismo es reemplazar la cabeza del estado, pero no eliminar el estado. Y ésta es la razón de que el fundamentalismo (intolerancia), al igual que la tolerancia, sea una herramienta del estado. Uno tiene que rechazar la estructura de tolerancia/intolerancia y comprender que la cuestión clave es la naturaleza del estado y nuestra identidad definida como ciudadanos del mismo. Y si comprendemos adecuadamente la naturaleza del estado moderno, entonces el rechazo del estado es el rechazo del capitalismo.

Parte 2. El Fenómeno Esotérico.
(Dividido en 7 partes para facilitar la lectura)
Siete Notas