Islam en Andalus

Ahmad Thomson & Muhammad 'Ata'ur-Rahim

Capítulo Uno

Andalus antes de Islam

Andalus – que es el nombre árabe para la Península Ibérica, conocida hoy como España y Portuga l- estaba habitada por gente desde mucho antes de la llegada de los Godos y los Vándalos, e incluso antes de los Celtas que les precedieron. Su historia temprana se pierde en la niebla de los tiempos. Al discutir la derivación de la palabra ‘Andalus’, y al considerar lo que los primeros historiadores tenían que decir al respecto, Al-Maqqari, por ejemplo, que escribió su historia en el siglo diecisiete, da una de las dos explicaciones más probables:

“Algunos autores, como Ibn Sa’id, lo derivan de Andalus, hijo de Tubal, hijo de Yafeth, hijo de Nuh, que se estableció allí y le dio su nombre, de igual manera que su hermano Sebt, hijo de Yafeth, pobló la tierra opuesta, y le dio su nombre a la ciudad de Sebtah (Ceuta) ... Ibn Hayyan, Ibn Khaldun, y otros, lo derivan de Andalush, una nación de bárbaros que habitó allí”. (1)

‘Andalush’ era originalmente la palabra árabe para los Vándalos, y por el cambio de la última letra, de la shin a la sin, devino en Andalus.

Se dice también que varias de las más nobles familias de los judíos se desplazaron a Andalus desde Palestina, a fin de escapar de los ejércitos del rey Nebuchadnezzar que invadió el antiguo reino de Judea y destruyó el Templo de Salomón en Jerusalén en el 586 AC. Tanto los griegos como los romanos se asentaron y prosperaron en Andalus que en aquellos días poseía amplios depósitos de brillante oro y plata.

En resumen, así como Anatolia, o Turquía como es comúnmente conocida hoy en día, Andalus estaba en el cruce de los caminos del este y el oeste y el norte y el sur, y la variedad de diferentes gentes que pasaban por allí o se establecían allí era considerable.

Aunque la gran mayoría de los que venían a establecerse a Andalus viajaban principalmente del norte o el este, era inevitable que en algún momento hubiera visitantes del sur, y de acuerdo a los historiadores tradicionales citados por Al-Maqqari, esto fue previsto por los griegos mucho antes de que ocurriera:

“Dicen que hubo en Toledo un palacio construido en tiempos antiguos por un rey sabio, que habiendo predicho que Andalus sería invadido con el tiempo por gentes del África, puso en uno de sus cuartos un cierto hechizo por el cual el país siempre estaría a salvo de la invasión extranjera. Mientras el sortilegio permaneció sin alteración Andalus estuvo segura, pero cuando fue roto (por causa de Roderic) la ruina de ese país se hizo inevitable. Este hecho es relatado así por varios historiadores.

Es bien sabido que los griegos eran una nación famosa por su conocimiento de las ciencias, así como por su talento y agudeza en servirse ellos mismos de los secretos de la naturaleza. Poblaron el Este antes de los tiempos de Alejandro, pero cuando los persas predominaron en esas zonas y dominaron cada uno de los reinos poseídos por los griegos, decidieron emigrar y llevarse a una tierra distante su conocimiento y su ciencia. Se establecieron en la isla de Andalus debido a su localización en el extremo del mundo habitado, escasamente conocida en ese tiempo, que nunca había sido poseída por ninguno de los monarcas sabios de los tiempos antiguos, y que, por último, estaba en aquel entonces sin habitar, ya que aun cuando Andalus, hijo de Yafeth, hijo de Nuh, se había establecido allí al poco tiempo del diluvio, habiéndola escogido para ser su residencia, habiéndole dado su nombre y había dejado varias huellas de su dominación, sus generaciones, desde entonces, sus generaciones habían perecido y el país estaba desierto.

Se dice que la primera vez que la tierra fue poblada luego del diluvio, apareció bajo la forma de un ave. La cabeza era el este; el norte y el sur eran los pies derecho e izquierdo; los países de en medio eran el estómago, y el occidente, la cola. Y se dice que cuando los griegos se fijaron en Andalus como el país en el que se establecerían con preferencia a los otros, se debió a su relación con esa parte despreciable del cuerpo (la cola), según la imagen que hemos dibujado del mundo en ese tiempo, ya que los griegos de la antigüedad se inclinaban más al estudio que a la guerra, haciendo que lo primero reemplace en cada caso a lo último: en consecuencia, eran un grupo cobarde, que enfrentaban a sus enemigos con artificios en vez de con la fuerza y, en lugar de que eso los avergonzara, siempre se jactaban de ello, ya que conocían muy bien que la causa de la decadencia y la ruina de los imperios poderosos se encontraba solamente en la guerra. Por ende, a fin de no ser entorpecidos y perturbados en el estudio y el cultivo de la ciencia, que era el asunto más importante de sus vidas, huyeron ante los persas, su enemigos, y emigraron a Andalus, donde en cuanto llegaron empezaron a cavar canales, a hacer cortes del río para fines de irrigación, a erigir puentes y acueductos, a construir fortalezas y castillos, a cultivar jardines y vinos, y construir ciudades y aldeas, arando y sembrando la tierra, y construyendo cualquier edificación que parecía necesaria para el placer y la comodidad de la gente. En definitiva, el país se pobló densamente de manera muy rápida, tan salpicado de ciudades y poblados, que uno de sus hombres sabios, quien sabía que el país que estaban habitando había sido llamado ‘la cola del pájaro’ debido a la supuesta semejanza de la tierra con un ave de alas extendidas, se dice que observó que esa ave era el pavo real, pues es sabido que su principal belleza está en la cola. Esto nos trae a la memoria una respuesta ingeniosa que una vez le dio un árabe occidental al Príncipe de los Creyentes, Harun Ar-Rashid, que la misericordia de Allah sea con él. Cierto día, el mencionado Califa se dirigió a un nativo de África de la siguiente manera: ‘Me han dicho, oh hombre, que el mundo se parece a la figura de un ave, y que el Este es su cola’. ‘Le han dicho bien, oh Príncipe de los Creyentes’, respondió el maghrebi, ‘pero su informante debió añadir que esa ave era el pavo real’, al escuchar lo cual Ar-Rashid rió y se admiró mucho de la rapidez del hombre para defender su país natal. Pero regresemos al relato del hechizo.

Los griegos continuaron en posesión de Andalus llevando una vida de seguridad y placer. Pusieron como su capital la ciudad de Toledo, debido a que estaba en el corazón de Andalus, y una de sus principales preocupaciones era fortalecerla contra sus enemigos y mantenerse en sus posesiones, así como ocultar a las otras naciones la noticia del confort del que estaban disfrutando. A fin de lograr su propósito consultaron a los astros y hallaron que sólo serían perturbados en su goce por dos naciones, y que serían odiados por ellas, y se les dijo que se trataba de gente no acostumbrada a los lujos de la vida, endurecida por la privación y la fatiga, en definitiva, los árabes y los bereberes. Cuando los griegos supieron de esta predicción, el miedo les golpeó y temblaron por su populosa isla. Acordaron construir inmediatamente un talismán que apartara la ruina que se cernía y por cuyo poder se mantuviera lejos a las dos naciones referidas en la profecía. Para ello, consultaron los astros a fin de buscar el momento y el lugar para llevar a cabo su propósito. Mientras tanto, cuando quiera que algunas de las tribus dispersas de los bereberes que vivían a lo largo de la costa norte del África se aproximaba por la orilla del mar, estando separados de Andalus solamente por un estrecho canal, el temor y la consternación de los griegos se incrementaba, tal que escapaban en todas direcciones por miedo a la amenazante invasión, y su terror hacia los bereberes se hacía tan grande que se inculcó en su naturaleza y con el tiempo se hizo un rasgo muy notorio de su carácter. Del otro lado, habiendo sido los bereberes puestos al tanto de esta mala voluntad y odio de la gente del Andalus hacia ellos, les odiaron y envidiaron aun más, siendo ésta en cierta medida la razón por la que incluso mucho tiempo después difícilmente podría encontrarse un bereber que de la manera más cortés no odiara a un andaluz, y viceversa, sólo que el sentimiento de los bereberes a los andaluces era mayor que el de estos últimos hacia ellos, ya que debido a ciertas cosas imprescindibles que no podían hallarse en África, y que eran importadas de Andalus, ha existido necesariamente comunicación entre la gente de ambos países. Pero regresemos.

En la zona occidental de Andalus había un rey griego que gobernaba sobre una isla llamada la isla de Kadis (Cádiz). Este rey tenía una hija de incomparable belleza, con la que los otros reyes de Andalus – ya que ese país estaba entonces gobernado por varios reyes, cuyos gobiernos no se extendían más allá de una o dos ciudades- habían buscado casarse. Por ende, cada uno de estos reyes había enviado su mensajero a Cádiz, y había pedido la mano de la hermosa hija. De todos modos, su padre, que no quería escoger entre todos esos pretendientes, más aun si al favorecer a uno ofendería a los otros, envió por su hija para informarle de su preocupación. Ahora bien, ocurre que la hija del rey tenía tanta sabiduría como belleza, ya que entre los griegos, tanto los hombres como las mujeres nacían con un instinto natural para la ciencia, de allí el dicho según el cual ‘la ciencia descendió del cielo y fue a habitar a tres partes diferentes del cuerpo humano; en la mente, entre los griegos; en las manos entre los chinos, y en la lengua entre los árabes’. Esta hija, entonces, luego de escuchar todo el caso, le dijo a su padre ‘Sólo haz lo que te diga y no te preocupes más por este asunto’ – ‘¿Qué es lo que aconsejas entonces?’ – ‘Que respondas a aquellos que piden mi mano que preferiré únicamente a aquel que pruebe ser un rey sabio’. Según esto, su padre envió mensajeros a los reinos vecinos para informar a los pretendientes reales de la determinación de su hija. Cuando los enamorados leyeron las cartas conteniendo la intención de la princesa, muchos que no podían pretender para sí la ciencia desistieron inmediatamente de su cortejo; sólo se encontró entre sus numerosos admiradores dos reyes que se consideraban a si mismos sabios, que respondieron inmediatamente las cartas diciendo cada uno de sí mismos ‘Soy un rey sabio’. Cuando el padre recibió estas cartas envió por su hija, e informándole del contenido de las cartas le dijo, ‘Mira, estamos en la misma dificultad que antes, ya que hay dos reyes que se llama a sí mismos sabios, y si elijo a uno de ellos, me haré enemigo del otro. ¿Qué sugieres que se haga en esta dificultad?’. La hija respondió ‘impondré una tarea a ambos reyes, y el que de ellos la ejecute mejor, él será mi esposo’.- ‘Dime, ¿de qué se trata?’ –‘En este pueblo queremos una rueda que levante el agua; pediré a uno que me haga una que sea movida por agua fresca que corra y provenga de aquella tierra; y le confiaré a otro la construcción de un talismán o amuleto que preserve a esta isla de la invasión de los bereberes’.

El rey quedó encantado con el plan sugerido por su hija, y, sin darle más consideraciones al asunto, le escribió a ambos príncipes informándoles de la última decisión de su hija, y habiendo estado ambos de acuerdo en realizar la prueba, empezaron a trabajar en ello tan rápido como pudieron. El rey en quien recayó la tarea de construir una máquina hidráulica erigió una construcción inmensa, con grandes piedras colocadas una sobre la otra, en aquella parte del mar salado que separa la isla de Andalus del continente, en el lugar conocido como el Estrecho de Ceuta. Esta construcción arqueada, construida enteramente de canto rodado, cuyos intersticios fueron rellenados por el arquitecto con un cemento de su propia mezcla, conectaba la isla de Cádiz con tierra. Aún pueden observarse las huellas de este trabajo en aquella parte del mar que divide Ceuta de Algeciras, aunque la gran mayoría de los habitantes de Andalus le asignan otro origen, tal como ya he explicado; creen que son los restos de un puente que Alejandro ordenó que se construyera entre Ceuta y Algeciras: pero sólo Dios sabe cuál de los relatos es el verdadero, aun cuando observo que el último de los dos es el más aceptado. Como sea, cuando el arquitecto terminó su trabajo en la piedra, hizo conducir agua fresca desde la cumbre de una elevada montaña en el continente hasta la isla, y al hacerla caer luego en una vasija, hizo que se elevara de nuevo en Andalus por medio de una rueda.

En cuanto al otro rey, que estaba encargado de hacer un conjuro mágico, consultó primeramente a los cielos en busca del tiempo justo y adecuado para comenzarlo, y cuando halló eso, empezó a construir un edificio cuadrado. Los materiales eran de piedra blanca, y el lugar elegido para su construcción fue un desierto arenoso en la orilla del mar. A fin de proporcionar suficiente solidez a la construcción, el arquitecto hundió las bases tan profundo en la tierra como lo que la construcción misma se erigía sobre la superficie, y cuando acabó con esto, colocó sobre la cima una estatua de cobre y hierro fundidos, mezclados entre sí merced a su ciencia, a la cual le dio, además, la apariencia y la mirada de un bereber, con una larga barba; su cabello, que era excesivamente grueso, estaba como parado sobre su cabeza, con un mechón de pelo que le colgaba de la frente. Su vestimenta consistía de una túnica, cuyo extremo era sostenido por su brazo izquierdo; calzaba sandalias en sus pies, y lo más extraordinario respecto a él era que, aunque las dimensiones de la figura eran muy grandes, y se levantaba sobre el aire hasta una distancia de sesenta o setenta codos, no se veía ningún otro soporte excepto el soporte lógico de sus pies, que eran a lo sumo de un codo de circunferencia. Tenía su brazo derecho extendido y en su mano se veían algunas llaves y un candado; con su mano derecha apuntaba hacia el mar, como si estuviera diciendo ‘Nadie pasará este camino’, y tal era el poder mágico contenido en esta figura que mientras se mantuvo en su lugar y tuvo las llaves en sus manos, ninguno barco de los bárbaros pudo jamás navegar el estrecho, debido a sus aguas tempestuosas y temibles.

De cualquier modo, cada uno de los reyes trabajó en su objetivo con inusual actividad, esperanzados en que cualquiera de los dos que acabara primero tendría una buena oportunidad de ganar el corazón de la princesa. El constructor del acueducto fue el primero en acabar, aunque se las ingenió para mantener ello en secreto, esperanzado en que si hacía su trabajo primero, el talismán no se completaría, de modo que la victoria sería para él. Y así ocurrió; el mismo día en que el trabajo de su rival iba a ser completado, el agua empezó a correr en la isla, y la rueda a moverse, y cuando las noticias de este hecho llegaron al competidor, que estaba en ese momento en la cima del monumento pasando la última capa de cera a la figura, dorada como estaba, le dolió tanto en el corazón que se lanzó hacia abajo y cayó muerto al pie de la torre. De este modo el otro príncipe, libre de su rival, llegó a ser el señor de la dama, de la rueda y del hechizo.

El autor del que hemos tomado prestada la narración precedente no nos informa de qué manera el sortilegio funcionó contra los africanos ni cómo así fue dañado su poder, pero aquí adjuntamos otra versión escrita de esta historia.

En los tiempos antiguos, los reyes griegos que reinaron en Andalus tenían un terrible temor a una invasión por parte de los bereberes, según la profecía que hemos indicado. A fin de evitar ello, construyeron diferentes sortilegios y, entre otros, uno que pusieron en una urna de mármol y que colocaron en un palacio en Toledo. A fin de asegurar su custodia y su preservación, pusieron un candado en el portón del palacio, dejando instrucciones para todos los reyes sucesivos de que hicieran lo mismo. Habiendo sido cumplida escrupulosamente dicha instrucción, ocurrió que luego de un lapso de muchos varios años veintisiete candados fueron añadidos al portón de la construcción, el número de reyes que habían reinado en Andalus, cada uno de los cuales había puesto su candado, según lo ordenado. Algún tiempo antes de la invasión de los árabes, que como se sabe, fueron la causa del derrocamiento de la dinastía de los Godos y de la conquista completa de Andalus, un rey de los Godos, llamado Roderic, ascendió al trono. Ahora bien, este rey, joven y aficionado a las aventuras, reunió una vez a sus wizirs, grandes oficiales del estado y miembros de su concejo y les dijo:

‘He estado pensando durante mucho tiempo acerca de esa casa con sus veintisiete candados, y estoy decidido a abrirla, a fin de que pueda ver lo que contiene, ya que estoy seguro que no es más que una broma’. ‘Puede ser así, ¡oh rey!’, respondió uno de los wizirs, ‘pero honestamente, la prudencia y la costumbre requieren que no lo haga, y que, siguiendo el ejemplo de su padre, de su abuelo y de sus ancestros –ninguno de los cuales nunca deseó penetrar en este misterio- usted añada un nuevo candado al portón’. Cuando el wizir hubo terminado de hablar, Roderic replicó: ‘No; me guía un impulso irresistible, y nada hará cambiar mi determinación. Tengo un ardiente deseo de penetrar en este misterio y mi curiosidad debe ser satisfecha.’ ‘Oh rey’, respondieron los wizirs, ‘si hace ello bajo la creencia de que hay tesoros escondidos allí, díganos en cuánto estima ello, y reuniremos esa suma entre nosotros mismos y lo depositaremos en su tesoro real, en vez de vernos a nosotros mismos y a usted expuestos a calamidades espantosas y la miseria’. Pero Roderic, al ser un hombre de espíritu que no se arredra, valiente de corazón y de determinación inquebrantable, no fue fácilmente persuadido. Permaneció sordo a los ruegos de sus consejeros y se dirigió de inmediato al palacio, y cuando llegó al portón, que como ya hemos hecho notar estaba adornado con diversas cerraduras, cada una de ellas con su llave colgando de la misma, el portón se abrió de par en par, y no se veía nada más que una amplia mesa hecha de oro y plata y adornada con piedras preciosas, sobre la cual se podía leer la siguiente inscripción: ‘Ésta es la mesa de Sulayman, hijo de Da’ud, con ellos sea la paz’. Podía verse otro objeto, además de la mesa, en otro apartamento del palacio, que también tenía un candado muy fuerte, el cual al ser retirado le permitió a Roderic mirar dentro. Pero cuál no fue sorpresa al entrar a ese apartamento y no ver más que la urna, y dentro de ella un rollo de pergamino y un cuadro que representaba con los colores más vivos, un grupo de varios caballeros parecidos a los árabes, vestidos con pieles de animales y teniendo, en vez de turbantes, mechones de cabello grueso. Estaban montados sobre ágiles corceles árabes; cimitarras brillantes colgaban a sus costados, y sus manos derechas estaban armadas con lanzas. Roderic ordenó a sus asistentes que desenrollaran el pergamino, y lo que vio fue la siguiente inscripción escrita en grandes letras sobre él: ‘Cuandoquiera que este refugio sea violado, y el conjuro que contiene esta urna sea roto, la gente pintada en esta urna invadirá Andalus, derribará los tronos de sus reyes y dominará todo el país’. Dicen que cuando Roderic leyó esta profecía fatal se arrepintió de lo que había hecho y quedó muy impresionado con la creencia de su ruina sobreviviente. No estaba equivocado, ya que muy prontamente le llegaron noticias de un ejército de árabes que el emperador del Este había enviado contra él.

Éste es el palacio encantado, y la figura a la que se dice que Roderic aludió después, el día de la batalla de Guadalete, cuando a medida que avanzaba sobre los musulmanes, vio por primera vez ante sus ojos a los mismos hombres cuyas figuras estaban sobre el pergamino. Se dirá más al respecto luego. Pero si este relato es cierto o no, sólo Allah sabe, ya que lo encontramos relatados de varias maneras por los historiadores, como tendremos ocasión de ver cuando vayamos a tratar respecto a la famosa tabla de Sulayman y otros detalles conectados con este caso, y lo haremos tomando nuestra información de las mejores y más puras fuentes. Con respecto a la otra historia, esto es, la del rey sabio que hizo un invento para llevar agua dulce del África al Andalus, es difícilmente creíble pues ocurre que Andalus es uno de los países más abundantes en fuentes y ríos, y por tanto no vemos la necesidad de llevar agua desde la costa opuesta, a no ser, como pretenden algunos, que la princesa sólo lo hubiera hecho para enmarañar a su admirador y probar su habilidad y su capacidad imponiéndole esta muy difícil y extraordinaria tarea. Pero repito de nuevo, sólo Allah conoce, ¡ya que Él es el Creador y el Maestro de toda ciencia!

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Se ha narrado que los primeros musulmanes en poblar Andalus lo hicieron unos sesenta años antes, durante el califato de sayyedina ‘Uthman, que Allah esté complacido con él, en dos ocasiones diversas, alrededor del 648 AD (27 AH) en el sur este de la península, pero ambas incursiones tuvieron más una naturaleza de incursiones exploratorias y se debieron la necesidad de tener provisiones frescas a bordo.

Fue la llegada del ejército musulmán en el 711 AD el hecho que los griegos habían predicho y habían temido, el momento supremo de una era que duraría por los siguientes ochocientos años.

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