El
Retorno del Califato
Shaij
Abdalqadir As-Sufi

EL SULTAN ABDALHAMID
II
A pesar de
todas las infames y vergonzosas calumnias urdidas contra su persona, el
Sultán Abdalhamid II queda en la memoria como alguien cuya grandeza
y nobleza han sobrevivido a las presuntas crónicas históricas.
Ciertamente es un signo del cambio de los tiempos que el hombre que fue
injuriado tanto por ingleses y franceses como por una República
que por sus propias razones mitológicas necesitaba estigmatizarlo
de reaccionario y anti-demócrata, sea hoy reconocido como “Uno
de los más eminentes Sultanes Otomanos”. (Shaw & Shaw:
History of the Ottoman Empire, Vol.2, p. 282). No puede discutirse el
hecho de que, gracias a su genio, la Umma Osmani tuvo gobierno durante
33 años y de que, a pesar de la disminución de las fronteras,
de las imposibles deudas usureras y de las extraordinarias intrigas políticas,
logró presidir una edad de oro, tardía pero notable, que
fue testigo tanto de un renacimiento cultural y lingüístico
como del poderoso y único redescubrimiento por parte de sus gentes
de su responsabilidad islámica en el corazón de la Umma.
A fin de cuentas,
el definitivo colapso político del Sultán Abdalhamid II,
y en consecuencia del Califato, es el acontecimiento que nos revela que
el punto en cuestión no era en absoluto político ni tampoco
formaba parte de una dialéctica negativa en la cual los perversos
y reaccionarios valores islámicos tuviesen que caer ante el surgimiento
de la iluminada modernidad. Es de sobra manifiesto que el Califato no
cayó a causa de una espada enemiga ni por haber sido sobrepasado
históricamente por una civilización superior. Su caída
fue ante una insuperable y matemáticamente insaldable deuda-usurera
en la que el mero pago de los intereses impide librarse de las cantidades
que corresponden al principal de la deuda inicial. Por sí solos,
los préstamos para pagar los intereses de las deudas quizás
no hubiesen logrado terminar con una de las más esplendorosas civilizaciones
humanas. Lo que realmente descubrimos es un engaño ineludible:
que el proyecto técnico vino unido y vinculado tanto a los mecanismos
de la deuda con intereses como a las propias instituciones, y ésto
es lo que hace que dos fenómenos parezcan sólo uno.
La inexorable
y fea verdad siguió actuando para castigo de los hijos rebeldes,
no sólo de las provincias traidoras de la Umma, sino al final a
los de la mismísima república residual Osmani. La deuda
que Mahmud II puso sobre su pueblo como una maldición, siguió
destilando su pérfida magia. Ninguna reforma política podía
salvar a esta gente de la deuda-interés. La abolición de
la sociedad islámica que constituía la realidad Osmani,
cedió el paso al más puro feudalismo y al capitalismo burgués.
El estructuralismo occidentalizado, nefasto logro de Mahmud II, no dejó
desde ese entonces de atenazar al pueblo, y ya no hubo nobleza de gobierno,
ni doctrinas políticas islámicas, ni republicanismo, ni
golpe de estado que fuese capaz de romper la espiral de la deuda impagable
basada en el papel moneda y los documentos de los prestamistas.
Por segunda
vez en su dilatada historia, el corazón de la Anatolia se vió
engañado por un caballo de madera. En Troya, el atractivo aparato
técnico había vomitado a los griegos conquistadores. En
la época moderna, el Caballo de Troya de la tecnología vomitó
banqueros que conquistaron la gran civilización Ghazi de Osman.
Cuando el Sultán
Abdalhamid disolvió su desastroso parlamento y se embarcó
en la forma de gobierno personal, fue una autocracia, algo que jamás
se pudo decir tiempo atrás de la Casa de Osman. Sin embargo, desde
la fatal abolición del Topkapi, “un poblado que gobernaba
un Imperio”, Mahmud II condenó a los Sultanes al modo de
existencia propio del feudalismo imperial europeo. Dolmabahçe no
es más que la exacta metáfora política para esta
transformación. A pesar de su salida del Dolmabahçe, Abdalhamid
no podía, como si dijéramos, volver al Topkapi puesto que
su forma de organización social había sido pulverizada casi
cien años antes. Yildiz fue para él su campo de batalla.
Allí fue donde plantó sus tiendas. Pero como se trataba
de una batalla perdida contra los tipos de interés, Yildiz tuvo
inexorablemente que alojar la impresionante burocracia eternamente involucrada
en ministerios del exterior estructurales y en la manipulación
de los impuestos.
El Parlamento
había conducido a “retrasos, ineficacia, frustración,
debilidad interna, desintegración y mayores derrotas”. (Shaw
& Shaw. Vol. 2. p. 212). El joven Sultán había iniciado
su etapa de gobierno personal lleno de elevadas esperanzas y grandes ambiciones.
Estaba abierto tanto a los nuevos intelectuales, en la línea de
los Jóvenes Otomanos como al respetado Ghazi Osman Pasa, que compartía
su fé en el Califato como forma de salvación. Fortaleció
al tremendamente debilitado Seyhulislam poniendo a su disposición
una Casa de Fatwas especial, Bab-i Valayi Fetva Heyeti. Abdalhamid intentó
reformar todos los aspectos de la sociedad, pero todo su esfuerzo estaba
condenado al fracaso: cuando ascendió al Sultanato, los intereses
de las deudas absorbían el 80% de los ingresos del Estado. La leyenda
de que la deuda tuvo su origen en las extravagancias del Sultanato es
una muestra más de la astucia de los banqueros. Esta acusación
es manifiestamente falsa dado que el costo de todos los palacios de los
últimos Sultanes apenas hacía mella superficial en los desembolsos
oceánicos que abarcaba aquélla economía. Heroicamente
el Sultán trató de racionalizar el desarrollo de la deuda.
Su Decreto de Muharram, del 23 de noviembre de 1881, redujo la deuda y
los intereses impagados de 21.938,6 millones de kurus a casi la mitad,
12.430,5 millones de kurus. Lo consiguió mediante lo que puede
ser considerado como el primer gran programa de renegociación de
deuda nacional dentro de una historia hoy atestada de ellos: México,
Nigeria, Argentina y resto de países. Sin embargo, el costo ha
sido el establecimiento de la más siniestra de las instituciones,
de nuevo la primera en su clase, que a estas alturas de fines del siglo
XX ha pulido sus aristas de tal modo que actúa casi en secreto
bajo la cobertura de otras instituciones bancarias internacionales, como
el F.M.I. y el Banco Mundial, y que en este caso se presentaba como la
Comisión de la Deuda Pública, Düyun-u Umiye Komisyonu.
La planificación del Sultán fue tan extraordinaria que logró
poner orden en la situación financiera a pesar de no poder expulsar
las nuevas fuerzas de ocupación bancarias.
En 1888, el
Banco Agrícola, (Ziraat Bankasi) fue creado para controlar todos
los créditos agrícolas llegando pronto a convenirse en el
mayor banco del país. El desposeimiento de la riqueza natural es
el modus operandi del sistema bancario: el préstamo agrícola
es el camino más rápido para la trasferencia de la propiedad
mediante la bancarrota.
Bajo el mandato
del Sultán Abdalhamid hubo un gran auge de actividades culturales.
Se fundaron bibliotecas públicas y una miríada de nuevos
libros, de periodismo y de nuevos saberes aparecieron en público.
Una de las Facultades más activas de la Universidad Otomana, Dal
ül-Funun-u Osmani, fue la Facultad de Literatura, que promovió
considerablemente el estudio y la renovación de la lengua Osmánlica.
El reconocimiento actual de los historiadores afirmando que se trataba
de un nuevo marco de renacimiento cultural, demuestra la falsedad de las
delaciones de Kemal cuando decía que el pueblo turco era analfabeto
y la escritura árabe un anacronismo. Con esta falsedad Kemal no
hacía mas que proseguir su minuciosa tarea de erradicar la herencia
islámica de los pueblos turcos a través de sus raíces
lingüísticas. El impresionante Kamul-i Turki, de Semsettin
Sami, ha quedado como prueba permanente de la vitalidad y el genio turco
de la lengua Osmánlica en la época moderna. Una vez que
el colapso total de la hegemonía americana sea un hecho verificable,
puesto que de momento sólo somos testigos de su primer estadío
de anarquía, colapso moral e incidentes militares, preludio de
una incipiente guerra civil, la lengua Osmánlica aparecerá
dispuesta a reemplazar al inglés como “lingua franca”
de la nueva civilización islámica que tendrá a Turquía
como centro, con Estados Turcos por el Norte, el litoral Africano por
Poniente, Persia y la India por Levante y Arabistán al Sur. La
lengua Osmánlica es ya el lenguaje urálico sincrético
de la zona, tal y como el idioma inglés lo fue en su día.
Este era ya uno de los temores que se advierte en el ambiente de los círculos
masónicos ingleses del entorno de Curzon; y la redacción
de la importante “Gramática de la Lengua Turca” de
A.L. David, dio serias preocupaciones a los sofisticados pensadores políticos
que se oponían al Islam.
Lord Curzón
declaró: “Turkestán, Afganistán, Persia: debo
confesar que para mí son las piezas de un tablero en el que se
desarrolla el juego del futuro dominio del mundo”. En aquel cambio
de siglo vemos a una masonería extremadamente activa y virulenta
que trabajaba sin descanso; y esto es un hecho demostrable que va más
allá de los modernos intentos de culpar psicológicamente
la visión de la masonería como amenaza política.
Las logias de Salónika y Anatolia constituyeron siempre el núcleo
de la resistencia al Califato. Éstas a su vez estaban estrechamente
conectadas con las grandes logias de la India. Desde 1839 India estuvo
conectada con las logias de Basora. El Shayj de Kuwait, tanto entonces
como ahora tutelar de las instalaciones petroleras, era el Gran Maestre
de toda la masonería mesopotámica y estuvo estrechamente
ligado con la rebelde y criminal familia de Abdalaziz ibn Saud.
De cualquier
modo, el trabajo pionero hecho para revitalizar la lengua Osmánlica
y el fortalecimiento de su núcleo turco, llevado a cabo por la
Academia de Enseñanza, Encümen-i Danis, a través del
encargo hecho a Ahmet Ceudet y a Mehmet Fuat para la redacción
de una gramática turca, no cayó en saco roto. En 1877, Ahmet
Vekif publicó un nuevo diccionario de la lengua Osmánlica.
Todo este auge de actividad lingüística, que alcanzó
su grado máximo con la obra maestra de Semsettin Sami, permanece
dispuesto para ser recuperado en nuestros días. El Estado de Israel,
que procede de un corte dado a la Umma Osmani, surgió políticamente
de la reinvención del hebreo, una lengua que había estado
muerta histórica y lingüísticamente durante más
de dos mil años. La recuperación política del Califato
estará precedida por un retorno a y una reactivación de
la lengua Osmánlica.
A pesar de
lo bien documentada que está la aparición de los Jóvenes
Turcos, sigue siendo calificada de ejercicio vital y nacionalista con
miras a la modernización. No obstante hay un detalle del movimiento
en el que debemos fijar la mirada desde nuestra perspectiva islámica.
Dasyat Mahmut Pasa (1853-1903), nieto de Mahmud II y esposo de la hermana
del Sultán, abandonó el palacio y partió hacia el
exilio. Su hijo, el Príncipe Sabaheddin (1877-1948) rompió
a su vez con los Jóvenes Turcos para fundar la Sociedad de Iniciativas
Personales y Descentralización Administrativa, Tesebbüs-u
Sahsi ve Adem-i Merkeziyet Cemiyeti. Junto a su inevitable deseo de derrocar
al Sultán, el príncipe defendía un cambio radical
en la sociedad, un cambio que anulara el terrible crimen perpetrado por
su bisabuelo. Para ello propugnaba nada menos que el desmantelamiento
total del estado centralista construido por el Tanzimat y un retorno a
la descentralizada, o mejor dicho, la anónima naturaleza del vínculo
social original Osmani. La importancia de esta postura es que en sí
misma significa la admisión, por parte del joven príncipe,
no sólo de la fatal adopción del estructuralismo jerárquico
vertical de Occidente hecha por su bisabuelo, sino también la absoluta
conciencia que tenía de que el modo social islámico consistía
en una “centricidad”: un poblado (Topkapi) gobernando a un
Imperio (Umma) y una familia (Sultánica) gobernando este poblado.
Esto nos permite confirmar de forma indudable que el punto de la cuestión
que nadie parece ser capaz de identificar, no trata simplemente de si
aceptamos o no la práctica usurera haram, sus instrumentos y eventualmente
sus instituciones (bancos, mercados de valores, ministerios de finanzas),
sino también la solapada conexión contenida en el dicho:
“No hay tecnología sin permiso del banquero”. Puesto
que fue esta conexión, esta evitable e innecesaria conexión,
la que destruyó el Califato islámico Osmani.
Y así
fue como el régimen de los Jóvenes Turcos, en un tiempo
increíblemente corto, cedió más territorio del que
el Sultán Abdalhamid se había visto obligado a entregar
desde 1882. Y también fue así como más tarde Mustafa
Kemal volVio a ceder a su vez más y más territorios hasta
que, a pesar del Pacto Nacional, sólo vino a quedar la cola del
Imperio. Cada nuevo gobernante, a pesar de arbitrar reforma tras reforma,
fue testigo de la contracción política de fronteras e influencias.
El pretendido marco social “retrógrado” fue totalmente
destruido. Llegó la industria y llegó la tecnología.
Pero a decir verdad conforme pasaban los años, hubo una cosa que
continuó sin merma alguna y de forma cada vez mas despiadada: el
empobrecimiento de la gente, el alzamiento de propiedades por parte de
extranjeros y la devaluación continua del papel moneda.
En Junio de
1896, Herzl, el líder sionista, visitó al Sultán
Abdalhamid. A cambio de Palestina, Herzl ofreció “regularizar
las finanzas del Estado Otomano”. ¿Pero cómo es posible,
debemos preguntarnos, que este individuo sin estado ni bienes personales
haya podido hacer tan fabulosa oferta? ¿Cómo es posible
que en nuestros días ese minúsculo país llamado Israel,
cuya población es la misma que la de Togo o la población
penal de USA, mantenga el control de la agenda política mundial?
La respuesta ha de ser que en un mundo cuya realidad política estatal
estaba entrando en decadencia, otro nexo de poder bancario comenzaba a
emerger. El poder de un gobierno ya no estaba condicionado únicamente
por los ejércitos y el poder militar, sino por la transferencia
de enormes sumas de capital en forma de cifras abstractas inexistentes,
en cuanto a especie, en lugar alguno. En esta situación, el papel
de la asamblea política quedaba ahora reducido al gobierno local
y a la vigilancia policial. A partir de aquí, el poder sólo
iba a ser un instrumento de la hegemonía bancaria.
Tras la visita
de Herzl, el Sultán escribió a Philipp de Newlinski, un
amigo del sionista: “Yo no puedo vender un solo palmo de terreno
puesto que no me pertenece a mí sino a mi pueblo. Mi pueblo obtuvo
este Califato luchando por él con su sangre y lo ha fertilizado
con sus huesos. Y de nuevo lo cubriremos con nuestra sangre antes de permitir
que se nos arrebate... La Osmaniyya no me pertenece a mi, sino a la gente...
Que los judíos ahorren sus millones. Cuando mi Imperio sea dividido
podrán conseguir Palestina gratis. Pero lo único que podrá
ser dividido será nuestro cadáver. Jamás toleraré
una vivisección”.
En 1908, la
primera oficina Sionista fue abierta en Palestina disfrazada bajo la apariencia
de un banco de la Casa Rothschlid.
En 1908 el
Sultán Abdalhamid fue depuesto y con él, el gobierno Otomano
se derrumbó de facto, aunque llegase tambaleándose hasta
1924. 1922 vió la separación de la Sultanía y el
Califato; dos años después, el Califato fue totalmente abolido:
comenzaba el Segundo Interregno de la Sultanía Osmani.
|