El
Retorno del Califato
Shaij
Abdalqadir As-Sufi

MAHMUT II (1808-39)
Y EL TANZIMAT (1839-76)
Sólo
cuando se retrocede en el tiempo para dejar atrás a Kemal y la
fuerza heróica demostrada por el Padishah Abdalhamid II, y llegar
así al período Tanzimat, es cuando nos vemos obligados a
examinar los días del reinado de Mahmud II. Es en este período
donde, históricamente y desde una perspectiva islámica,
puede aclararse la inevitable decadencia y posterior caída del
Califato, tan a menudo oscurecida por los escritores europeos y republicanos.
La
ultrajante pretensión europea es proclamar que el declive de la
Osmaniyya apareció tras el período de Suleyman el Magnífico,
aunque historiadores modernos más realistas admiten que ésta
es una declaración muy peculiar. Tal y como indica puntualmente
la obra “El Harén Imperial”:
“Tradicionalmente, el reinado de Suleyman ha sido considerado como
el apogeo de las glorias Otomanas, y el período que se inicia con
su muerte en 1566, el de un declive precipitado del que el Imperio jamás
logró recuperarse y esto a pesar de la evidencia de haber sobrevivido
hasta elfinal de la Primera Guerra Mundial”.
El
tema de la defunción de la Umma-Imperio, puede contemplarse bajo
dos focos de luz:
Uno: El triunfo de lo que se llamó el “modernismo”
o valores europeos.
Dos: La erosión y abolición de la forma de existencia islámica.
La versión oficial, versión que irónicamente hace
coincidir en Kemal y la República la culminación del éxito
histórico, es la mantenida por la actualmente llamada “democracia”
centralista del Estado Turco, además de por los poderes europeos
y americanos. Esta versión de la historia es la que pretende que
tras una larga decadencia del gobierno del Sultanato, que condujo a una
situación de deterioro en la que se intentó modernizar sus
instituciones e incluso su secularización, terminó en el
colapso del que sólo pudo “rescatarse” gracias a la
contundente dictadura de Kemal, fundador de un estado nacional y destructor
del Califato. Desgraciadamente la evidencia no brinda apoyo a esta teoría,
a no ser que podamos demostrar que lo malo fue sustituido por algo mejor.
Culturalmente, esto es difícil; moralmente, imposible. Desde la
perspectiva de la riqueza de la “nación”, la devaluación
de la lira turca ha alcanzado un estatus casi surrealista. El rostro de
Kemal nos ofrece ahora su resplandor desde un humillante papel moneda
cubierto de los ceros que acompañan a los millones de liras.
Hay
algo muy sencillo, pero astutamente oculto, incluso o especialmente por
los marxistas, que debe ser comprendido. El proceso técnico (primero
industrial y luego técnico) es algo que fue evolucionando en Europa
a lo largo del siglo XIX. Este acontecimiento, y aquí es donde
reside el engaño, no consistió en un proceso natural sino
en una serie de actividades dirigidas. ¿Qué es lo que se
fue creando con dichas actividades?: La serie interrelacionada de artefactos
tecnológicos y modalidades industriales que fueron siendo puestas
en movimiento, iniciadas y logradas como resultado de un conjunto paralelo
de procedimientos que, en sí mismos diferían, e incluso
no formaban parte del proyecto técnico. Sin embargo, la fuente
de este conjunto de actividades secundarias se presentaba a sí
misma como el medio necesario para poder permitir la consecución
del proyecto primario (técnico). Este procedimiento secundario
era la emisión de documentos, cartas, bonos, “valores”,
monedas (de papel) que se auto-definían como base capital e instrumentos
de activación de la transformación técnica.
El
factor adicional para oscurecer aún mas la mágica ligazón
de estas manipulaciones capitales (no digamos ya capitalistas), consistió
en la naturaleza velada de su procedencia. Cara al público, el
proyecto técnico aparecía como la “empresa”
de un hombre de “negocios”. Este, a su vez, contaba con el
apoyo del sistema de gobierno de su país, el Estado Nacional. Actuando
así parecía que “Inglaterra” quería el
Canal de Suez. Francia y Alemania aparecían entonces como competidores.
Pero quien de hecho estaba detrás del contratista era el “fiador”
o “financiero” de estos grandiosos esquemas. Esto significa
que, a fin de cuentas, lo que realmente ocurrió durante este periodo,
fue que un pequeño grupo de familias fue poco a poco tomando el
poder, no sólo en la esfera del gobierno sino también en
la de los negocios. A fines del siglo XX, este cáncer de la usura-capital
está ya en la fase de duplicarse celularmente. Ahora, el dinero,
de este tipo numérico, simbólico, es el que está
haciendo dinero. El control y la manipulación han suplantado a
la producción como base y fundamento de la riqueza y la propiedad.
Como
no era posible tener el ferrocarril a no ser que se tuviera el capital
necesario para pagarlo, éste debía obtenerse. Las reglas
del juego exigen que para obtener el capital hay que actuar, y por lo
tanto ser, “como” un país capitalista. Es decir, las
modalidades islámicas (no al feudalismo, no a la usura, predominio
social de los musulmanes por encima de judíos y cristianos) había
que hacerlas desaparecer e introducir en su lugar las modalidades de oligarquía
y masas esclavizadas, esto es, el capitalismo judeo-cristiano. Este proceso
puede observarse hasta sus detalles más minúsculos tanto
en Turquía como en Egipto, los dos pueblos claves de la Umma. El
siglo XIX fue testigo del desmantelamiento de los gremios (poder popular)
y la eliminación de la autoridad de los ulama (intelectuales).
Un
ejército orientado hacia el proyecto del yihad también tenía
que ser eliminado para ceder el paso a un ejército orientado hacia
el proyecto financiero. Esto es, cumplir las órdenes de matar sin
ningún tipo de aspiración moral o derecho al botín.
Así fue como se acabó con los Jenízaros y su tariqa
sufi: los Bektashis. No fueron reformados, no se eliminaron los posibles
errores; fueron pura y simplemente destruídos y sus líderes
asesinados. Europa comenzó a sentirse segura: para entrar a matar.
La Nomocracia, la ley natural del Islam, que equilibraba hombres y mujeres,
soldados y sufis, jueces y gobernantes, impuestos y asistencia benéfica,
estaba siendo despedazada para ceder el paso a la “moderna”
autocracia llamada democracia. Una vez dispersados y matados los Jenízaros,
Mahmud II comenzó a formar una Guardia Imperial basada en el modelo
europeo. Los Imams del ejército ya no fueron nombrados por el Shayj
al-Islam sino por el director de la Biblioteca Imperial.
En
el año 1830 los poderes se sintieron lo suficientemente seguros
como para imponer la total independencia de Grecia. El 5 de Julio de 1830
y tras un asedio de tres años, los franceses conquistaron Argel
y empezaron a apoderarse del país. En Estambul, Mahmud II continuó
centralizando el estado, incrementó la burocracia y también
los impuestos. El Gran Visir se convirtió oficialmente en Bas Vekil,
Primer Ministro. En la burocracia se cambió la retribución
tradicional correspondiente al trabajo efectuado (Bahsis) por la esclavitud
de los salarios. De esta manera, frente a lo que antes había sido
una transacción honrosa, dinero pagado directamente por el trabajo
hecho, surgía ahora una nueva cantidad que se “añadía”
al salario en forma de soborno. Había nacido el bakshish, el soborno.
Mahmud
introdujo el aún más burocrático sistema francés
de gobierno municipal. De nuevo la administración central comenzó
a erosionar los gremios como modelos morales los Imaret4 como organismos
de servicios sociales y los Millets que protejían a las minorías
contra la discriminación. Sultán Mahmud II dividió
también el sistema educativo separando las ciencias por un lado
y los estudios islámicos por otro. Nadie parecía darse cuenta
de que estaban siendo conducidos al nuevo din de acciones, obligaciones
y finanzas numéricas. Nadie lo estudió. Consecuentemente
con todo ello, en el año 1815 Mahmud cerró el “pueblo-que-gobernaba-un-Imperio”5
para trasladarse al monstruoso palacio capitalista y burgués de
Dolmabahçe. Comenzó a vestirse con sombrero, levita y pantalones,
estableciendo así una línea de continuidad con su futuro
heredero, Mustafa Kemal (quien, con pantalones y sombrero, moriría
un día en Dolmabahçe). Tras el desastroso reinado de Mahmud
II, los siguientes dos sultanes, Abdalmecit I y Abdalaziz, no fueron más
que unos ceros a la izquierda cuyo trabajo consistía en poner el
sello a las órdenes de los visires y los parlamentos. Durante la
inestabilidad del periodo del Tanzimat (1839-1876) la gente vió
39 diferentes mandatos de Grandes Visires y 33 de Ministros de Exteriores,
dándose el caso de que a veces dichos cargos volvían a estar
ocupados por la misma persona. La burocracia se convirtió en la
clase dirigente. Aunque el Sultán era quien firmaba, quienes de
verdad decretaban eran Mustafa Resit Pasa y sus compinches políticos.
El Gran Consejo Imperial se había transformado en el Consejo Supremo
de Ordenanzas Judiciales (Meclis-i Válá-yi Ahkám-i
Adliye). Más del 90% de sus ordenanzas era firmadas por el Padishah
sin ninguna rectificación.
Hacia
el año 1839 todo lo que quedaba de la Ley Islámica en lo
referente a los impuestos era la Cizye (Yizya) sobre los no-musulmanes
y un impuesto sobre el número de ovejas. 1840 y 1842 fueron testigos
del inevitable paso siguiente en la legislación anti-islámica:
la introdución del (Kaime-i Mutebere), el instrumento haram llamado
papel moneda.
Leon
y Baltazzi, definidos por un tímido historiador americano como
“dos famosos prestamistas de Gálata”, crearon el Banco
de Estambul ¡para prestar dinero al Gobierno!. 1856 vió la
llegada del misterioso, (aún lo sigue siendo en nuestros días)
Osmanli Bankasi, el Banco Otomano.
Cuando
Mustafa Resit Pasa firmó en 1858 un nuevo prestamo del exterior,
sus acreedores no sólo exigieron el 60% de interés sino
también más “reformas”. Esto confirma la relación
existente entre una economía deudora y la “ingeniería
social” que hemos mencionado. Y así fue como la Cizye, tanto
la de ese año como la del anterior, fue definitivamente abolida.
En el instante en que la Ley Islámica de la Yizya fue abrogada
en nombre de la igualdad entre las diferentes comunidades, el sistema
bancario judío comenzó la expropiación formal de
la riqueza Osmani, al tiempo que el sistema político cristiano
comenzaba el definitivo desmembramiento del Califato islámico supra-nacional.
De golpe, el ciudadano musulmán perdió superioridad cayendo
en una resbaladiza escala de vergüenza en la que, como por ensalmo
al final del siglo XX, se ve gobernado por la OTAN, con Israel teniendo
derechos de vuelo sobre su territorio, una inflación superior al
100% y una moneda inútil. Los sellos oficiales de autorización
fueron “privatizados” y puestos en manos de los “prestamistas”
el 15 de Octubre de 1852. La práctica aún continúa
en nuestros días.
En
1858, la Arazi Kánúnnilmesi (Ley Territorial) suprimió
por completo la protección anti-feudal que ofrece la Ley Islámica
al mantener la tierra a salvo de los terratenientes, poniéndola
en manos del Sultán en su función de guardián de
la misma, es decir, haciéndola propiedad de nadie. En su lugar,
la nueva ley establecía las bases de la propiedad burguesa. El
10 de junio de 1867, se aprobó una nueva ley que otorgaba a los
extranjeros el derecho a poseer tierras y propiedades en los territorios
de la Osmaniyya.
En
1876, una emisión de papel moneda sin garantía subsidiaria
urgentemente exigida, desató la crisis que depuso a Murat V. Como
en la moderna república, puesto que nada ha cambiado, el ciclo
regular de diez años entre cada golpe de estado era, como siempre,
consecuencia de una crisis devaluatoria.
Fue
así como, en respuesta al desastre fiscal, apareció en la
historia y a la temprana edad de 34 años, uno de los héroes
islámicos más sobresalientes desde los tiempos de los Sahaba:
Padishah Abdalhamid II. Es posible que tampoco haya habido alguien más
calumniado y vilipendiado que este talentoso y buen líder; calumniado
tanto por los imperialistas europeos como posteriormente por un Estado
que tenía que justificar su existencia a partir de los errores
del Sultán. Ha sido necesario dejar pasar casi cien años
antes de que el mundo por fin admitiese que nos encontrábamos ante
un hombre dotado de un enorme genio político y espiritual.
Antes
de volver a esta única luz en la oscuridad de los últimos
días de la Osmaniyya, examinemos el lado oculto de la tecnología:
el dinero sucio.
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